Hasta el MacBook Air 2017, el SSD era un módulo extraíble. A partir de ahí, Apple cambió por completo la arquitectura: en los modelos con chip T2 (2018-2020), los chips NAND están soldados directamente a la placa lógica, y todo el almacenamiento queda cifrado por hardware a través del propio T2. En los Apple Silicon (M1, M2, M3), esa lógica pasa al SoC: el controlador del SSD vive dentro del propio chip M, y la NAND está vinculada criptográficamente a esa CPU concreta.
Esto tiene una consecuencia directa para la recuperación de datos. Trasplantar la NAND a otro MacBook no funciona: aunque los chips estén físicamente intactos, el contenido aparece como una sopa cifrada que ninguna otra placa puede descifrar. La única vía es estabilizar la placa original, repararla a nivel electrónico hasta que vuelva a funcionar el tiempo justo para extraer los datos, o trasplantar conjuntamente CPU y NAND a una placa donante compatible (mismo modelo, misma generación, misma capacidad).
Por eso un servicio que solo trabaje con software no llega aquí. La recuperación en MacBook moderno requiere microscopio, estación de soldadura controlada por temperatura, programador de NAND y, sobre todo, experiencia con la arquitectura de cada chip Apple. Cada generación tiene encapsulados distintos, perfiles térmicos distintos y vías de ataque distintas.